SANTA ISABEL BAYLEY SETON,
primera santa de los Estados Unidos
“Siendo de origen protestante, he
encontrado en la Eucaristía la presencia real y viva de Jesucristo”.
Nace
en Nueva York el 28 de Agosto de 1774, en el seno de una familia episcopaliana.
Su progenitor, el doctor Richard Bayley le proporciona buena formación
literaria, musical, académica y bíblica. “Mi padre, aunque firmemente
arraigado en la fe y lectura asidua de la Biblia, se aburría con los sermones
del pastor, por lo que no asistía con asiduidad a los oficios religiosos; pero
era hombre de gran caridad hacia todo desvalido”.
“A los
tres años quedé huérfana de madre. Mi padre contrajo años después nuevo
matrimonio pero yo procuré cierta independencia, ausentándome del hogar
familiar para cultivar con intensidad mi vida espiritual, colaborando en los
servicios religiosos de mi iglesia. “Desde muy joven destacaba por mi belleza,
según me repetían familiares y amigos, pero mi fina sensibilidad desde edad
temprana se dirigía hacia las personas que sufren. Tuve muchos hombres que me
pretendían. Un rico empresario de Nueva York
pidió mi mano después de mantener una corta relación de noviazgo y con
él me casé el 25 de Enero de 1794, a mis casi 20 años”. “Con él, William
M. Seton, tuve cinco hijos , dos varones y tres
mujeres, y, aunque para mí fueron mi mayor tesoro, seguí sacando tiempo para
atender tantos problemas humanos en Nueva York”.
En sus
conversaciones con el pastor de su templo episcopaliano encuentra ayuda y
dirección para su inquietud espiritual. “En esa etapa de verdadero fuego
interior me lancé a promover la fundación, junto con otras señoras de la
sociedad neoyorquina, de la SRPW (sociedad para
auxiliar a viudas en estado de gran pobreza). En mi corazón además de mi
esposo, mis hijos, las viudas pobres, cabían los indigentes, los enfermos
abandonados y los moribundos de los barrios marginados.
En la
urbe norteamericana ya se la conoce como la Protestante Hermana de la Caridad.
Sin
embargo, los negocios de su esposo entran en bancarrota en un vaivén
económico-social. El infortunio se ceba más aún en él y contrae tuberculosis.
Agrupando fuerzas y recursos el marido embarca la familia hacia Italia, con el
fin de curar su enfermedad y emprender allí nuevas actividades. “Cuando
llegamos a finales de 1803 al puerto de Livorno, nos enteramos que la fiebre amarilla
hacía estragos en Nueva York por lo que tuvimos que guardar la cuarentena en un
hospital del puerto aunque, lamentablemente, mi esposo William falleció poco
después”.
En
Italia Isabel contacta con el matrimonio Filicchi, ricos comerciantes católicos
de Livorno quienes se muestran hospitalarios, solícitos y atentos ante su
desgracia.
“En
mis reuniones con ellos, observé que vivían inmersos en espíritu de oración,
sencillez, entrega desinteresada hacia toda persona que se encontraba en
dificultad. Las personas que sufrían eran más importantes para ellos que su
dinero y sus negocios. De ellos recibí , como en un
fogonazo, la esencia del catolicismo que yo desconocía. Quedé impresionada
gratamente al descubrir tres elementos capitales de la Iglesia Católica: la
presencia real y viva de Jesucristo en la eucaristía, la profunda devoción
hacia María y el primado del Papa como sucesor ininterrumpido desde el apóstol
Pedro hasta el actual Pío VII.
Isabel
toma la decisión: “sin perder los ricos elementos bíblicos de la tradición
episcopaliana, abracé el catolicismo”.
En
1805 está de nuevo en Norteamérica. “El 14 de Mayo fui admitida, junto con
mis hijos, en la Iglesia Católica en una emotiva ceremonia en el templo de San
Pedro de Nueva York”.
Sin
embargo, comienzan de nuevo los problemas: sus familiares, amigos, los pastores
episcopalianos y sus compañeros de estudios la desestiman por abandonar el
protestantismo. La familia le hace, además, total vacío económico.
“Me
vi en una situación desesperada. Con los negocios de mi difunto esposo
destruidos, sin apenas dinero, peligraba el sustento de mis cinco hijos. La
Providencia me hizo encontrar en el padre Dubourg, que luego fue obispo de
Nueva Orleáns, al hombre que Dios puso para indicarme un camino: dirigir una escuela
femenina en Baltimore. Con ello se me abrió un doble sendero: sacar adelante
mis hijos y abrir un amplio campo de apostolado ante las alumnas”.
Isabel
ve los cielos abiertos. Su actividad se vuelve a multiplicar. La atención,
cuidado de sus hijos, las clases, la dirección de la escuela le quedan cortas.
“Sin saber cómo, me sorprendía ver que tenía tiempo para todo y para más.
Los pobres y marginados y enfermos y moribundos también cabían, también volvía
a tener sitio para ellos y para todos en mi corazón. Me surgió algo que sentí
con fuerza. El padre Dubourg me ayudó a discernir y, en consecuencia, pronuncié
en privado tres votos: castidad, obediencia a Jesús y desprendimiento. En mí
bullía la idea de fundar un grupo femenino”. Era el germen de las Hermanas
de la Caridad de San José.
El
arzobispo de Baltimore, John Carroll, conoce y admira la trayectoria espiritual y apostólica de Isabel y sus compañeras,
similar a la de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de
Marillac. Por ello, en el momento de elección de una regla para la congregación
que aparece, se adaptan las constituciones de San Vicente a las circunstancias
y necesidades del momento.
El 17
de Enero de 1810, John Carrol aprueba oficialmente la fundación de las Hermanas
de la Caridad de San José y el 19 de Julio de 1813 Isabel con otras dieciocho
novicias hacen pública profesión.
Nueva
desgracia aparece en su vida cuando todo parece que va ya bien. Uno de sus
cinco hijos se va por derroteros ajenos a la vida cristiana; dos de sus hijos
fallecen en breve lapso de tiempo y sombras de envidias y calumnias hacen acto
de presencia. “No hay dinero suficiente para mantener la Comunidad…”
Isabel,
que tanto sabe de enfermedades, desgracias, dificultades de los otros…,
comprueba en sus carnes que también ellas llaman una vez más a su puerta. La
enfermedad, la enfermedad también. La tuberculosis ya está dentro de ella y
poco a poco la lleva hasta ese 4 de Enero de 1821 en que, en la norteamericana
ciudad de Emmitsburg, donde años atrás desde Baltimore, trasladó aquel colegio
femenino, entrega, rodeada de su comunidad, su alma a ese Padre que la recibe.
Tiene 46 años.
En su
vida, según los testimonios de sus hermanas comunitarias, siempre contó el
optimismo, la alegría de vivir, la ilusión, la fe, la serenidad, la paz, la
esperanza, la conformidad en la voluntad de Dios, la entereza cristiana. Todo
eso que transmitía en medio de las pruebas era, sin duda, un constante
referente a la fe viva que movía su ser.
Deja
ese año cincuenta religiosas. Hoy son muchos miles más.
En
1975 es canonizada por Pablo VI.
José Ramón González